"Imágenes de Cuento", Colectivo de Literatura y Fotografía
Cecilia Cortina, Javier Cervantes, Tere Hernández, Ana González,
primera edición, 76 págs. 2009, México, DF.

Imágenes de:
Juan Manuel Barrutia, Alejandro Boneta, Guillermo Calderón, Pablo Cervantes, Aníbal Civardi, José Luis Espinosa, Andrea Farrel, Juan Carlos Franco, Rita García, Lino Carapucheta, Marce Glez, Martín Haro, Julián Hernández, José Manuel Higareda, Carmen Laura Lira, Enrique Lira, Valeria Mas, Lucrecia Murrieta, Fernando Ortíz, Marcelo Prieto, Gonzalo Quinteros, Felipe Saravia, Sara Singer y Valeria Torres.

 
     
 
 
     
 

Presentación
"Imágenes de Cuento es la fusión de dos formas artísticas hermanas: el cuento y la fotografía, pues ambos captan un instante que nos lleva a imaginar qué pudo ocurrir antes o después.

Cuatro de los miembros del Taller 53 de creación literaria seleccionamos seis de nuestros relatos y los entregamos a veinticuatro fotógrafos profesionales; cada quién, después de leerlos todos, eligió uno libremente y creó una imagen con la emoción que le provocó. El motor de este proyecto fue la libertad interpretativa que debe acompañar siempre la lectura de un texto literario, y los fotógrafos invitados la ejercieron sin cortapisas.

Este libro es una modesta contribución al acercamiento con el arte y la cultura, resultado de un auténtico trabajo conjunto, que trascendió en un nuevo acervo de amistad para los participantes. Del mismo modo, esperamos que logre contribuir a sembrar la pasión por las artes de las nuevas generaciones."

Diseño Gráfico:Haydée Girón
Corrección de estilo: Cecilia Villamil Cortina

La presentación del libro Imágenes de Cuento y la inauguración de la exposición de las imágenes se llevó a cabo en el Casino Español de la Ciudad de México en el Centro Histórico, el día 13 de enero de 2010. Es importante mencionar que al evento asistieron más de 500 invitados y todos ellos quedaron con un excelente sabor de boca.

Piedras de río
Por Javier Cervantes
Imagen de Martín Haro

Piedras… entre una orilla y la de enfrente sólo había piedras y agua; una considerable corriente que, aunada  a la poca claridad que sobraba del día, dificultaría cruzar al otro lado. Lo peor era que el puente más cercano estaba a una hora de camino.
Dejé de leer cunado los mosquitos, el viento y la falta de luz me convencieron. Había pasado la tarde en un remanso del río, sentado en una roca, releyendo Great Expectations, de Dickens. Mi precario trasero estaba dolorido, me ardían los ojos y no dejaba de rascarme a causa de las picaduras. Y así, con todas esas molestias, tuve que emprender el camino hacia el puente; definitivamente no iba a cruzar por entre las piedras, a riesgo de romperme un apierna. Ésa iba  a ser una noche de luna llena y podría regresar sin apuro a la casa de Cristina. El sendero, paralelo al cause, estaba en buen estado para caminarlo, incluso de noche.

Antes de partir, me quedé un momento para admirar el río una vez más. Había estado tan absorto en la lectura, que no puse atención en las grandes raíces que se adentraban en el agua; tampoco en las flores de la orilla, ni en la cantidad de truchas que saltaban, tratando de atrapar insectos. Apenas se filtraban algunos rayos del sol crepuscular entre los árboles, las imágenes se empezaban a difuminar. Todo eso le había dado a la historia de Dickens un entorno perfecto.
Empezó a soplar un viento fuerte que levantó ráfagas intermitentes de brisa. El ruido que provocaba al pasar entre las ramas, arrastrando las hojas del otoño, me sacó de la ensoñación que me había provocado aquella tarde de lectura y naturaleza. Me cerré la chamarra y me acomodé la gorra. Metí el libro en la mochila y me la puse en la espalda.

Di vuelta para empezar a subir por la pequeña cuesta de tierra hasta el sendero y, de pronto, escuché ruidos de chapoteo que se iban acercando. Intrigado, puse atención para tratar de ver entre las ramas y las hojas que caían. ¡Era increíble! Un muchacho venía corriendo sobre las piedras del río, ¡como si se tratara de una pista perfectamente plana! Pensé que, de tener su habilidad, yo podría cruzar por ahí y llegar a casa en unos minutos.
El joven, de unos diecisiete o dieciocho años, me descubrió, paró se desenfrenada carrera, se me acercó y me entregó una pequeña bolsa de papel estraza.
-¡Por favor, señor, por favor! ¡Cuídeme esto! Cuando pueda, yo lo buscaré para recogerlo –dijo muy apresurado.
Sin oportunidad de reaccionar, tomé la bolsa y vi cómo se alejaba. A los pocos segundos escuché un nuevo tropel que venía. Esta vez eran dos hombres que, con mayor torpeza que el muchacho, intentaban darle alcance, gritando y ordenándole que se detuviera. Era tal su concentración por pisar con cuidado para no resbalar, que ni siquiera advirtieron mi presencia. Pasaron de largo y, puesto que no tenía intención de averiguar qué pasaba (por lo menos no en ese momento), guardé el paquete en la bolsa interior de la chamarra, trepé por la ladera y eché a andar de prisa por el camino de tierra.

En todo el trayecto hasta la casa no me topé con nadie; sólo en el puente alcancé a ver cómo cruzaba un rebaño de ovejas y sus pastores. Al llegar, ya do noche, salieron a mi encuentro los dos enormes mastines de Cristina, quien había dejado en la puerta una nota que decía que regresaría del pueblo en la mañana.
Al entrar me quité la mochila y puse la gorra en el perchero; me senté en la mesa y saqué la bolita de estraza para inspeccionarla. La sopesé y, sin atreverme a ver su contenido, pensé que a veces me estorba ser tan discreto.
Guardé el “encargo” en la maleta de viaje y me dispuse a cenar y a leer un rato antes de dormir. La quietud del lugar, con muros de piedra y ventanas de madera, brindaba un clima perfecto para relajarse. Esa noche sólo se escuchaban el correr del río, algunos animales y el ruido del viento. Pensando en el chico y en el contenido de la bolsa, y haciéndome mil conjeturas, me quedé dormido.
Cuando llegó Cristina, estaba arreglando la hortaliza con la “ayuda” de los perros:
-¡No seas tan condescendiente con ellos, no te dejan trabajar! –gritó al verlos arriba de mí.
-Déjalos, ya recogí algunas cosas y solamente estaba desyerbando un poco.
-Cuando decidí ir al pueblo imaginé que llovería al regreso, por eso fue que te dejé la nota. Me quedé con mi hermana –dijo, mientras acomodaba unas cosas en la cocina- y, después de todo, no llovió.
Mientras ella hablaba, yo no sabía si platicarle de lo sucedido el día anterior. No entendía por qué, pero sentí que le debía la discreción a quien confió en mí. Por lo pronto, seguí oyendo la plática de Cristina.
-Por cierto, ¿no escuchaste nada raro ayer en la tarde? Hoy en la mañana nos enteramos de que escapó un chico y que lo encontraron escondido en el taller de los Aldama, aquí cerca.
Me sorprendí, pero ella no lo notó porque estaba ocupada viendo hacia otro lado. Y siguió contando:
-Es el hijo de una familia muy conocida aquí, ha tenido problemas y sus padres decidieron internarlo en un hospital psiquiátrico.
Yo sólo asentía con la cabeza, sin atreverme aún a contarle mi encuentro con el muchacho aquél, que seguramente sería el mismo al que ella se refería.
-No, regresé ya de noche y me dormí temprano. No tengo ni idea de lo que pasó.
-Pobre Jonás, su madre es amiga mía y está muy afectada. Es su único hijo y es esquizofrénico. Lleva varios meses en aquel lugar y no podrá salir hasta que logren equilibrar la dosis de sus medicamentos.
-Es una pena…

Pasó tiempo y no olvidé el incidente. Todos los días sacaba la bolsa y la volvía a analizar. De pronto, quizá como un acto de compasión –aunque bien pudo ser de curiosidad- le pedí a Cristina que me llevara hasta donde estaba recluido el muchacho. Le dije que estaba interesado en hablar con él, que tal vez podría serme de utilidad pata el libro que estaba escribiendo.
Cristina pidió a su amiga autorización para ir a verlo. Ella accedió y al otro día nos presentamos. Solicité hablar con él a solas y, después de unas miradas cruzadas entre los encargados y la madre, me lo permitieron.
La habitación –que más parecía una celda- tenía sólo una ventana alta con barrotes, una cama de madera, una pequeña cómoda y un baño minúsculo con lo indispensable.
-Hola, Jonás –le dije con voz pausada-. ¿Cómo estás?
Él estaba parado, viendo hacia la ventana, y no me hizo caso.
-Tengo algo que te pertenece –le dije, después de cerciorarme de que nadie estaba viendo por la mirilla de la puerta.
En ese momento volteó, abrió los ojos muy grandes, me jaló hacia la esquina del cuarto donde era imposible que nos vieran y murmuró con gravedad:
-¡No debiste venir, te dije que yo te buscaría para recogerlo!
-Lo sé, pero supe que te encontraron y quise entregártelo; pensé que lo necesitarías.
-Aquí no me hace falta… ¿Las viste? –me preguntó, sonriendo de manera extraña.
-No, creí que no debía hacerlo.
-¿Las traes ahí?
-Sí.
-Muéstramelas.
Saqué el paquete de mi bolsa, miré de reojo a la puerta y se lo entregué. Él lo tomó con cuidado, lo abrió y dejó caer el contenido en la palma de su mano izquierda.
-Mira.
No pude contestar, no supe qué decir. En su mano había sólo tres piedras de río; pequeñas, redondeadas y de colores distintivos: una rojiza, una gris y la otra, verdosa.
-Son lo único que tengo… pero ellas me darán lo que voy a necesitar cuando salga de aquí –dijo con una pausa y en actitud de complicidad conmigo-. Por favor, sigue guardándomelas; te repito que yo te buscaré para recogerlas.
Jonás volvió a meter las tres piedrecillas en la bolsa, me las entregó de nuevo y me abrazó antes de retornar a su posición original hacia la ventana.
Salí de ahí absolutamente confundido, aunque en realidad estaba seguro de que todo aquello era producto de la enfermedad. Regresé con Cristina y no le conté mayor cosa.
Unos días después, ya de regreso en mi casa, reordené mis notas para el libro. Lo ocurrido con Jonás modificó la temática, decidí hacer algo con aquello como base.

Una noche recibí una llamada de Cristina:
-Oye –dijo después de una plática general-, ¿recuerdas al hijo de mi amiga, Jonás?
-Sí, claro que lo recuerdo, ¿qué pasa con él?
-Pues que finalmente volvió a escapar, sólo que esta vez ya lleva varias semanas perdido. Parecía que estaba mejor y un día, sin que nadie supiera cómo lo hizo, escapó.
Mientras Cristina platicaba la historia, me acerqué a la cómoda para recordar al muchacho, viendo las piedras. Esto era algo que hacía con frecuencia: las sacaba, las observaba un buen rato y las volvía a guardar. Abrí el cajón y, después de revolverlo todo, me di cuenta de que la pequeña bolsa de estraza no estaba.
Terminó la conversación y colgué. Busqué durante mucho tiempo por toda la casa, no pude encontrar aquel encargo tan preciado para Jonás. Me apené y pensé por días lo que le diría si alguna vez lo volvía a ver.

Al cabo de un año presenté mi libro con un gran éxito. Al terminar el brindis, salí a la terraza del lugar y encendí un cigarro.
-Lo felicito –oí una voz a mi espalda.
-Gracias –contesté, volteando.
La sorpresa hizo que soltara el cigarro de la boca, me quemó la mano, ¡era Jonás quien me hablaba! Era el chico que había inspirado mi libro. Estaba totalmente cambiado: su actitud era serena, estaba impecablemente vestido y me ofrecía la mano.
-Además de felicitarlo, quiero agradecerle de nuevo.
-N-no, no me agradezcas. T-tengo que decirte algo.
-De verdad siento mucho haber entrado a su casa sin avisarle, pero no estaba en condiciones de hacerlo. Por eso ahora vengo a disculparme. No dije nada. Jonás estaba jugando con las tres piedras en la mano izquierda y me tendió la otra para despedirse.

 
     
 
 
 
Martín Haro "Piedras de Río" fotografía digital 20" x 30" 2009
 
       
   
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