PINTANDO C U E N T O S  
     
 

"Pintando Cuentos", Colectivo de Literatura y Pintura
Cecilia Cortina, Javier Cervantes, Tere Hernández, Ana González,
primera edición, 90 págs. 2007, México, DF.

Pinturas de:
Alejandra Barrera, Alejandra Pous, Alfonso Villamil, Alicia Amador, Ana Gaby Lira, Ana María Hernáiz, Anabel Malváez, Antonio Rovira, Carlos Rojas, Carmen Herrera, Cristina Torres, Fabiola Cercas Natera, Geneviève Saumier, Georgina Calzada, Isabel Ramos Flota, Julieta Gascón, Ma. Teresa Hernández, Maribel Avilés, Marisol Vélez, Marité, Marta Hernández, Martín Haro, Mónica Forseck, Oscar Bachtold, Oscar Ojeda, Oscar Velázquez, Paula Arizpe, Rebeca Martínez, Rocío Cano, Sara Rosa Medina.

 
     
 
 
     
 

Presentación

Pintando Cuentos es el resultado de una invitación a entrelazar quehaceres, a fusionar dos grandes expresiones artísticas: la literatura, a través de cuatro escritores, y la pintura, por medio de treinta pintores. Es sobre todo una muestra de la capacidad del ser humano para coincidir, compartir, confiar y sumarse a una experiencia colectiva, por el gusto de hacerlo. Es la prueba de que cada obra literaria tiene un rostro, bajo la visión de un pintor capaz de plasmar lo que salta a la vista, o enfocar la mirada a aquello que a veces se nos escapa. Es la posibilidad de descubrir lo que inspiró cada historia.

Si bien algunos cuentos se escribieron expresamente para ciertas pinturas, la mayor parte de los pintores eligió un cuento. Ambos casos, son interpretaciones libres y respuestas al llamado de la historia o la imagen que los tocó.

Pintando Cuentos es una celebración al arte. Esperamos que todos juntos: pintores y escritores; relatos y cuadros, logremos contagiarlos de nuestra pasión…
Pintando Cuentos es un pequeño gran libro de arte, original y único.”
Tere Hernández

Diseño Gráfico:Haydée Girón
Fotografía: Ángel Gómez

La presentación del libro Imágenes de Cuento y la inauguración de la exposición de las imágenes se llevó a cabo en el Casino Español de la Ciudad de México en el Centro Histórico, el día 27 de agosto de 2007. Es importante mencionar que al evento asistieron más de 400 invitados y todos ellos quedaron con un excelente sabor de boca.

A continuación se presentan 2 de esos cuentos escritos por Javier Cervantes y pintados por Martín Haro.

La muerte es una buena mujer
Escritor: Javier Cervantes

Me detuve un momento, a ver con más cuidado los cerros a lo lejos. La cañada era un tapiz de tonos verdes y amarillos. El bosque, fuera del camino, estaba tupido de árboles y matorrales; por ahí había lo mismo magueyes junto a pinos, que enormes ahuehuetes con cactos a sus pies. Con único ruido que podía escucharse era el trino de una docena de pájaros distintos: cardenales, carpinteros, cuervos, gorriones… y muchos más, de los que desconozco el nombre.
Dando vuelta, reinicié mi camino hacia la parte más lejana de la presa; ahí sólo se escuchaban las aves, algunas ranas y mis pasos sobre la tierra encharcada.
Por todo el sendero, desde que había pasado la cortina, la presa se presentaba como un espectáculo extraordinario. Es difícil sustraerse al encanto que produce el reflejo del cielo y el bosque sobre el agua. Al llegar al extremo, donde se deposita un arroyo, me detuve al oír el graznido de un pato y me agaché para espiarlo entre las ramas. Metía la cabeza repetidamente en el agua y, al sacarla, observaba todo el entorno, cuidándose de algún depredador inexistente. En cada zambullida sacaba insectos y cieno del fondo y luego los tragaba, con un alarde de malabarismo del cuello.
Por la fascinación que me produjo aquella escena, no me percaté de la presencia de una anciana que estaba sentada sobre una roca, a la orilla. La observé por un momento, pero ella sólo miraba el arrollo y parecía absorta, escuchando su murmullo. Era una mujer de cabello blanco, con dos trenzas delgadas que caían a su espalda sobre un rebozo gris; su larga falda negra apenas dejaba ver los huaraches. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo. De pronto, volteó hacía mí y me hizo una seña casi enérgica con la mano, para que me acercara.
Hice a un lado unas ramas, ella me indicó que guardara silencia.
- Shhh –dijo muy quedo cuando llegué a su lado-. No queremos que se espante, ¿verdad?
Nos quedamos callados, viendo las evoluciones y los intentos del pato por encontrar comida.
- No me canso de observar… podría estar aquí toda la vida… o toda la eternidad –decía, mirándonos alternadamente al pato y a mí-. Éstas son algunas de las cosas por las que vale la pena estar aquí.
- Sí… es cierto –contesté casi para mi mismo.
Al poco rato, pareció que el pato había saciado el hambre. Sacudiéndose violentamente, se dirigió hacia una zona más abierta y emprendió el vuelo, seguido por las miradas nostálgicas de la anciana y la mía.
- Ya… -dijo ella como con desencanto, dejando caer las manos sobre su falda-. Nada es para siempre.
- Sí, -dije sin mirarla-, a veces es una pena; pero es verdad… nada es para siempre.
- ¡Qué bueno es haber tenido la oportunidad de vivir! ¿no es cierto?
- Sí señora. Malo ha de ser no haber vivido nunca.
- ¿Y tú, cómo la sabes?
- No lo sé, sólo supongo que es mejor haber pasado por aquí –murmuré encogiendo los hombros.
- Y tú ¿has vivido? –me preguntó sin voltear.
- Sí… muchas cosas. Han sido buenos años –repuse con cierta sorna, recordando media vida.
- Me lo puedo imaginar –agregó la anciana, moviendo la cabeza y soltando una risita.
- Y usted ¿qué hace por aquí, Señora?
- Entre otras cosas, vine a ver al pato comer ¿Y tú?
- Supongo que, entre otras cosas, también vine a ver al pato. Ya antes lo había visto por aquí y pensé que a lo mejor lo encontraría.
- Él vive aquí. Nunca se va. Ni siquiera migra, como los demás de su familia.
- ¿Usted lo ve seguido? ¿Viene aquí a menudo?
- Mm… sí. Cada vez que puedo. Es un lugar muy tranquilo, y casi no viene gente. Y, ¿sabes qué más me gusta ver? ¡cómo cazan los halcones! Me dan un poco de pena los conejitos y las ardillas que atrapan, pero… que le vamos a hacer. También me dan pena las semillas que se comen los ratones y el pasto del que se alimentan los venados; pero… así es la vida.
- Sí… es parte de la vida.
Me quedé pensando en la bondad que percibía de esta mujer. Hablaba de manera pausada, con gran sentido del humor. Había visto personas semejantes varias veces en mi vida, mujeres casi siempre.
Empezaba a hacer un poco de viento. La superficie del agua parecía danzar en pequeñas ondas que se movían rítmicamente. Por momentos veía saltar a los peces, que sacaban medio cuerpo para atrapar algún insecto.
La presa, a esa hora de la tarde, bullía de vida antes de irse a dormir. Oscurecía poco a poco, y la neblina que bajaba de los cerros empezaba a arroparlo todo.
- ¡Ah… otro día se va! –dijo la anciana con tono de nostalgia.
- Y, además de venir aquí a ver al pato y los venados ¿a qué más viene? Como decía que entre otras cosas…
- ¿Hoy? –hizo una pausa para cubrirse la cabeza con el rebozo-. Hoy vine por ti.
- ¿Por mí? –pregunté apenas curioso.
- Sí… ya vengo por ti. ¿Te sorprende?
- No. Supongo que no. Creo que, entre otras cosas, por eso yo también estoy aquí –la manera tan sutil de hablar de aquella mujer y la sonrisa tan benigna con que me lo dijo, me hicieron darme cuenta-. Pues… entonces, cuando quiera.
Me paré con calma y me sacudí el polvo del pantalón.
- Yo creo que ya estoy listo. - Si Hijo… ya estás listo –me sonrió de nuevo y me tomó del brazo, para echarnos a andar.

 
     
 
   
 
  Martín Haro "La muerte es una buena mujer" mixta sobre tela 60 x 80 cm 2007  
     
 

Erasmo, su sombrero y su violín…
Escritor: Javier Cervantes


A pesar de los años que le han pasado por encima, el sombrero de Erasmo todavía conserva la figura de antaño y un rescoldo de buena factura. El color indefinido en tonos pardos, tiene algo de lustre bajo las alas torcidas y ajadas por el constante quitar y poner.
Ahora se pasa los días frente a su dueño, con la copa asentada en la banqueta, saludando los pasos de los transeúntes y adormilado por las notas del violín. Retribuye el buen trato que le dan, recibiendo las monedas que le tiran y cubriendo la noble calva de su viejo en tardes de lluvias repentinas y mañanas de sol abrasador.

Desde hace muchos años, Erasmo sale de mañana a trabajar. Sostiene pláticas constantes con todas las personas y las cosas que le quedan cerca: los enceres de la mesa, su ropa, el sombrero y su bastón de ciego. Le da los buenos días al gato Plinio, que poco aprecio hace del saludo; a Tirso, su vetusto loro; y a Dominga, quien lo atiende como hija desde que era una niña pequeña.
Con pasos que conocen el camino desde siempre, Erasmo se dirige a su lugar de trabajo. Ya no va a aquellos teatros de postín; hoy lo mismo da una esquina populosa, que un claro en un jardín de barrio solitario:
- ¿Qué les parece aquí? –somete a votación con todo el clan-, parece que estaremos muy a gusto. Sopla un viento refrescante y huele a jazmines y a rosas de Castilla. Entonces, ¡aquí nos quedamos!

Con calma y ceremonia se desembaraza de todo el menaje: primero el banco que cargara en la espalda y después el estuche del violín, que pone encima. Se quita el sombrero pedigüeño y lo coloca al frente del tinglado; el bastón, reducido, se queda relegado por ahí, sin tomar parte en la función.

Atrás, en la fronda de los árboles cercanos, un coro de comparsas pajareras se prepara; afinan con los primeros acordes del violín. Guardan un preludio de silencio, hasta que el hombre del arco les hace la señal de entrada.
La música, llamada por las manos del maestro, convoca a gente y animales; movidos todos por una melodía que sale de lo más profundo del alma del viejo y de su instrumento.

En los largos entreactos del concierto, Erasmo se sienta a conversar; entonces llega a la conciencia de uno que otro que se acerca a compartirle alguna pena y, a veces, hasta una alegría. Para todos tiene siempre algún acorde o una palabra que los toque.No acaba el día por completo, cuando el ritual del artista se revierte: descanará el violín en su aposento, y cambiará de oficio su sombrero. Regresa todo a su lugar de origen, para volver a debutar mañana en otro escenario que lo quiera recibir.

 
     
 
   
 
  Martín Haro "Erasmo, su sombrero y su violín..." mixta sobre tela 90 x 70 cm 2007  
       
       
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